26.6.16

Abrir de boca. Saliva



Te transformé en palabras. Una manera de dibujarte sin que te des cuenta de que te dibujo, de que te tengo a una distancia imprudente. Los fantasmas saben bien de lo que hablo. Ellos conocen el arte de rodear y oler sin abrazos ni mordidas. Y no es que no quieran. La naturaleza lo impide, como impide que el agua salobre se mezcle con la dulce. El rubor es de origen sobrenatural; si te ocurre, tienes la cabeza puesta en esos mundos sin estrellas condenados al frío imborrable de la última noche. Aquí, si entras, el rubor rotará en tu ombligo y te trenzará los nervios de la ingle. Abrir de boca. Saliva. Por eso, transformada en palabras, como si de un dibujo se tratase tu existencia, la genialidad de tu belleza queda contenida en el campo de mis deseos favoritos, de esos deseos míos, secretos, ocultos en las cavidades químicas del sexo, del hambre tentacular, mis deseos primarios, sangrientos, sobre tu carne evolucionada y exquisitamente compleja. A saltitos te escribo, te toco, me sitúo en múltiples lenguas sobre tu sal. Como dedos arácnidos a ras de un almíbar tibio y luminoso. Un pulso negro y derramado entra en tu pudor y tiñe tu néctar cristalino, un brebaje que se vuelve tornasol y por el que suspiran los insectos aturdidos incapaces de símbolos. Sólo suspiran, aprenden a suspirar, imitan a esos hombres torpes incapaces de masticar los verbos púbicos. Un gesto miserable une insectos y hombres cobardes, un gesto que aplasto con la punta de la pluma a carcajadas. Por eso río, río mientras me meto con todos mis dientes, con todas mis armas, con todas mis escamas, en la criatura blanda que imita tu forma colorida, entro en el dibujo aromático que intenta suplantarte, que me rinde idolatría, que me desea a mí, a este ser que serpentea hacia la muerte con aliento cavernario y meteórico, en la réplica exacta que me desea tanto como el trazo que pronuncia su trascendencia literal, perversa y hospitalaria. Abrir de boca. Saliva.











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23.6.16

Por los ojos de la señora



Hoy tuve un buen día. De manera que lo que diré no tiene que ver con hoy ni con algo personal. Sólo algo que vi en la cara de una señora que viajaba conmigo en un bus, un fin de semana de mi infancia. Y de eso, ya hace años.Y lo recuerdo muy bien, porque lo que le ocurrió a la señora nunca más lo vi, ni en señoras ni en ningún tipo de terrícola. Todavía no me lo creo, aunque haya ocurrido. Anoté esa fecha en un tatuaje, contra todo delirio y laguna. Sus ojos aumentaron de tamaño a tal nivel que su rostro se hizo cada vez más pequeño, convirtiéndose la señora entera en un par de ojos inmensos apoyados directamente sobre el suelo. Cuando sus ojos ya no podían crecer más, impedidos por el tamaño del bus (y también por quienes nos desplazábamos junto a ella), de sus pupilas salieron, como culebras voladoras, palabras y palabras, unas tras otras, de tal manera que al hilarlas decían algo así como lo siguiente:

Las personas que frecuentan a personas idiotas o estúpidas, son por lo general estúpidas o buenas personas o se terminan enfureciendo. Buenas personas serían aquellas capaces de tolerar y amar a su prójimo como a sí mismo e inmunes a toda ofensa, verbal o física. Serían de una categoría misteriosa. Las estúpidas, por su parte, podrían sospechar que algo no anda bien, por lo que se distinguirían como estúpidos conscientes, pero para no sentirse solas, porque ello las obliga a a enfrentar lo que esencialmente son (y lo que les asusta, en esencia, es ser verdaderamente bellas almas), siguen conviviendo entre los estúpidos. El problema aquí es que la estupidez hasta cierta edad pasa desapercibida sin levantar cuestionamientos, para la especie humana en su totalidad resulta gracioso, simpático y hasta natural, pero luego es demasiado evidente y se vuelven personas ridículas y llegan a dar lástima. En especial dan lástima aquellas personas dotadas de nacimiento con algún talento artístico, que al juntarse con estúpidos terminan mermando su potencial. Quienes se terminan enfureciendo, están como atrapados en las redes de los estúpidos, hay cierta dependencia, pero que a diferencia de las estúpidos “conscientes”, esta se relaciona con el morbo o con la esperanza de verlos desaparecer mediante un genocidio o, por efecto de un milagro, convertirse de chasquido en seres maravillosos, dulces y no-estúpidos. La única solución para los enfurecidos es cortar los hilos de la dependencia y unirse a nuevas redes, no de enfurecidos ni de estúpidos conscientes, sino a redes relacionadas con lo que esencialmente son (es muy probable que también tengan miedo de mirar hacia el interior). Es entonces cuando podrán apreciar lo estúpido que también podían llegar a ser, el riesgo de enfurecer desde tan cerca, porque podían ser confundidos con los estúpidos conscientes agradados y con los ultra tolerantes...

En eso, los ojos de la señora rápidamente volvieron a su tamaño original , y yo, aturdido y con el recuerdo aún de las últimas palabras que ya se habían desvanecido en el interior del bus, de un grito volví a lo cotidiano.

--¿Qué me mirai tanto, cabro?








21.6.16

Solsticio




La noche más larga
La luna más redonda
El frío más intenso
Nosotros más.-






Santiago, 21 junio de 2016.-

20.6.16

Todas las ventanas del mundo dan a la belleza




Todas las ventanas del mundo dan a la belleza, pero hay que saber mirar. Pero antes de mirar, ubicarse en el punto exacto, como una llave que abre una puerta, ser la fiesta única en la distancia mínima. Lleno y vacío mutuamente amparados. Y es que todas las ventanas del mundo dan a la belleza, haya o no haya luz derramada por el cielo, migren o no migren golondrinas, lo apuñale o no un arcoiris, lo rasmille o no la lluvia de la noche más larga, como la cabellera perfumada de la musa cuando brota la tinta. Dan a la belleza las ventanas, incluso si el cielo con todos sus habitantes, licores, frecuencias de radio perdidas y collares escupidos de perlas ingrávidas, cabe entero en el interior de la habitación que te rodea los jugos, que nos rodea la sustancia, que nos acaricia, nos paladea, nos traga, la habitación con su pintura transpirada, ante las desnudeces mutuamente amparadas. La ventana que mira el muro gris del estacionamiento, la que mira el cuarto oscuro de la familia revelada, la ventanita del baño de vidrio empavonado tras los lamidos con música de Bowie, la ventana que mira la gigantografía parpadeante del veneno efervescente, la ventana que me mira cuando te miro que me miras mientras juro por dentro, en un silencio atronador, venoso y antropófago, que todas, absolutamente todas las ventanas del mundo dan a la belleza, pero que hay que saber mirar.











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Gaviotas



Una bandada de gaviotas
cruza el cielo.
Te preguntas si acaso siempre
lo hacen en número impar.





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3.6.16

Un perfume de mujer prohibida



Resultaría más fácil enfrentar la realidad con la ficción, por el mero miedo de no fracasar mintiendo. La realidad es inasible. Cualquier intento leve de tocarla, para afirmar que de ella hemos alcanzado una caricia, conduce a la ignición. La realidad lejos está de nuestras pequeñas verdades, porque nuestras pequeñas verdades son como frágiles telarañas de las cuales colgamos, tanteamos, aquello que sería capaz de soportar. Los rostros, las voces y los diálogos con el tiempo se desfiguran y sólo nos quedamos con el trazo elemental. Todo se reduce a monosílabos. Sí o no. Luz, no luz. Los vacíos son llenados por nuestras intenciones, que no son otra cosa que diminutas esferas vacías, como de cristal. Algo así como muñecas adentro de otras muñecas. Terminamos por pulir la franqueza de los relieves, altos y bajos, peleas y amor intenso, y a todo eso le ponemos de fondo un cielo, azul y límpido.

Cuando nos conocimos, nos dijimos mutuamente que seríamos fieles a nuestros personajes, pero nunca aclaramos si nuestros personajes convivirían según nuestros íntimos planes particulares. Lo terrible fue que nunca supe quién eras. Tu personaje me quedó claro. Pero quien movía su piel, jamás lo supe. Nuestra relación me resultó, por lo tanto, un juego fantasmal, atravesar un laberinto, terminar todo eso fue retornar al día anterior de conocernos. Estaba yo allí corrigiendo mis dibujos, acostumbrado quizás a imaginar situaciones contra el papel. Quizás por eso no me sorprendió que aparecieras rodeada de mito, eslabón de una extraña epifanía.

Cuando lo nuestro acabó, salí de una suerte de máquina del tiempo. Por cierto, envejecí como todos allá afuera, pero me reintegraba como un completo desconocido. Había dejado de beber mucho antes de conocernos, quizás unos tres años. Tardé en asimilar la gran variedad de marcas de cervezas nuevas. Muchos de los amigos o estaban casados, eran padres o se habían convertido en zombies de sus trabajos, conservaban al menos sus nombres y correos electrónicos. La ciudad me recibía solitaria y con un perfume de mujer prohibida. Todo ese resurgimiento se lo debería a la reina de Saba, que apareció de manera fulminante para quitarme el velo de los ojos y que luego de la sacudida se retiró sigilosamente.

Admitir que te recuerdo no es categórico, porque eres la mitad visible de un personaje que creí conocer. Cada vez que indagaba por tu voz e intentaba viajar por tu respiración, me aparecía desde tus ojos un abismo nocturno intimidante, difícil de penetrar. Mi aliento se desintegraba, huía a la superficie de las dificultades domésticas. Toda la información que he podido recopilar tras nuestra separación me ha revelado aquella imagen iluminada que me fue restringida. Es por ello que me refiero a un personaje, y cada vez que elimino una fotografía, la ficción es aplacada con discreta satisfacción.

Lo que no acabo de entender: porqué la musa intervino.

2.6.16

Amigos



Se despliegan los amigos como las palomas
como las migajas al interior de las palomas

La brisa inaugural del otoño trae
en sus hebras los pigmentos de la primavera
pero huele a caca de palomas

El mismo sol que abre las flores
abre la infancia en recorridos de campo
abre bocados para las moscas

Vivir el último día como el primer poema
O morir en el poema como mueren los días
Palomas como poemas para las moscas

Las palomas, las multitudinarias palomas
las migajas, las multitudinarias migajas
Los amigos, los pocos amigos de la plaza.







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