20.6.16

Todas las ventanas del mundo dan a la belleza




Todas las ventanas del mundo dan a la belleza, pero hay que saber mirar. Pero antes de mirar, ubicarse en el punto exacto, como una llave que abre una puerta, ser la fiesta única en la distancia mínima. Lleno y vacío mutuamente amparados. Y es que todas las ventanas del mundo dan a la belleza, haya o no haya luz derramada por el cielo, migren o no migren golondrinas, lo apuñale o no un arcoiris, lo rasmille o no la lluvia de la noche más larga, como la cabellera perfumada de la musa cuando brota la tinta. Dan a la belleza las ventanas, incluso si el cielo con todos sus habitantes, licores, frecuencias de radio perdidas y collares escupidos de perlas ingrávidas, cabe entero en el interior de la habitación que te rodea los jugos, que nos rodea la sustancia, que nos acaricia, nos paladea, nos traga, la habitación con su pintura transpirada, ante las desnudeces mutuamente amparadas. La ventana que mira el muro gris del estacionamiento, la que mira el cuarto oscuro de la familia revelada, la ventanita del baño de vidrio empavonado tras los lamidos con música de Bowie, la ventana que mira la gigantografía parpadeante del veneno efervescente, la ventana que me mira cuando te miro que me miras mientras juro por dentro, en un silencio atronador, venoso y antropófago, que todas, absolutamente todas las ventanas del mundo dan a la belleza, pero que hay que saber mirar.











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