3.6.16

Un perfume de mujer prohibida



Resultaría más fácil enfrentar la realidad con la ficción, por el mero miedo de no fracasar mintiendo. La realidad es inasible. Cualquier intento leve de tocarla, para afirmar que de ella hemos alcanzado una caricia, conduce a la ignición. La realidad lejos está de nuestras pequeñas verdades, porque nuestras pequeñas verdades son como frágiles telarañas de las cuales colgamos, tanteamos, aquello que sería capaz de soportar. Los rostros, las voces y los diálogos con el tiempo se desfiguran y sólo nos quedamos con el trazo elemental. Todo se reduce a monosílabos. Sí o no. Luz, no luz. Los vacíos son llenados por nuestras intenciones, que no son otra cosa que diminutas esferas vacías, como de cristal. Algo así como muñecas adentro de otras muñecas. Terminamos por pulir la franqueza de los relieves, altos y bajos, peleas y amor intenso, y a todo eso le ponemos de fondo un cielo, azul y límpido.

Cuando nos conocimos, nos dijimos mutuamente que seríamos fieles a nuestros personajes, pero nunca aclaramos si nuestros personajes convivirían según nuestros íntimos planes particulares. Lo terrible fue que nunca supe quién eras. Tu personaje me quedó claro. Pero quien movía su piel, jamás lo supe. Nuestra relación me resultó, por lo tanto, un juego fantasmal, atravesar un laberinto, terminar todo eso fue retornar al día anterior de conocernos. Estaba yo allí corrigiendo mis dibujos, acostumbrado quizás a imaginar situaciones contra el papel. Quizás por eso no me sorprendió que aparecieras rodeada de mito, eslabón de una extraña epifanía.

Cuando lo nuestro acabó, salí de una suerte de máquina del tiempo. Por cierto, envejecí como todos allá afuera, pero me reintegraba como un completo desconocido. Había dejado de beber mucho antes de conocernos, quizás unos tres años. Tardé en asimilar la gran variedad de marcas de cervezas nuevas. Muchos de los amigos o estaban casados, eran padres o se habían convertido en zombies de sus trabajos, conservaban al menos sus nombres y correos electrónicos. La ciudad me recibía solitaria y con un perfume de mujer prohibida. Todo ese resurgimiento se lo debería a la reina de Saba, que apareció de manera fulminante para quitarme el velo de los ojos y que luego de la sacudida se retiró sigilosamente.

Admitir que te recuerdo no es categórico, porque eres la mitad visible de un personaje que creí conocer. Cada vez que indagaba por tu voz e intentaba viajar por tu respiración, me aparecía desde tus ojos un abismo nocturno intimidante, difícil de penetrar. Mi aliento se desintegraba, huía a la superficie de las dificultades domésticas. Toda la información que he podido recopilar tras nuestra separación me ha revelado aquella imagen iluminada que me fue restringida. Es por ello que me refiero a un personaje, y cada vez que elimino una fotografía, la ficción es aplacada con discreta satisfacción.

Lo que no acabo de entender: porqué la musa intervino.