29.1.17

Oasis



Palomas de la paz que no mueren 
vuelan incendiadas
bajo la cruz del sur
el fuego cae sobre los juegos infantiles,
las piscinas y el martini.
Las nubes rosadas como tus mejillas,
tus mejillas como esas nubes rosadas
 lluvia ácida
en el beso circunspecto del saludo.
Prefiero besar tu boca
morder tu lengua
lamer tu sexo
lluvia dulce.

Y que las palomas de la guerra 
ardan y mueran.



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25.1.17

Paisaje originario



Pasamos nuestras primeras eras rodeados por la sustancia materna, sin consciencia racional. Desde entonces, la piel, como un revés, define nuestros lenguajes para conocernos. Hay que atravesar. Cruzar en primer lugar el espacio y luego nuestras superficies, nuestros rostros que dicen lo que no dicen. Interpretar la sonrisa, que no es una sino cientos, y cada una emerge por alguna emoción íntima, desde el fondo del mar humano. Desentrañar. Extrañarnos. Olvidarnos. Me acerco con curiosidad motivado por ese universo oculto, por esa mirada que mira, hacia ese extremo de un secreto interminable. Ahí adentro ocurre lo mismo que aquí adentro, como biología descrita en manuales, sí. Pero sabemos que cada interior anida su propio sol. Y el interés, que los astrónomos llaman gravedad, es el vínculo del 2 sagrado. Me pregunto y busco en ti la respuesta. Te preguntas sobre mí, y me abro para responderte. Y en ese movimiento, el espacio de los objetos inanimados se transforma, orbita, late, sangra. La taza de un té frío, apoya su curvatura rígida en la tersura de tus labios. Los colores son pausas. Los extremos de los objetos nunca se tocan. Recuerdo de un cuarto menguante y un solo de piano. La forma de unión, labios y taza, dialecto de pulsar las tres teclas blancas y dejar que las ondas se disipen en sabores profundos. Acordes nos detenemos, nos recorremos, nos admiramos en los lenguajes del aire porque hay tiempo para ver, en silencio, la luz matutina pasear por nuestras espaldas desnudas, la ventana proyectada en las piernas deslizándose hacia los sexos, hacia el paisaje originario.   




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23.1.17

Que la chupe



Supe de él en cuanto lo vi llegar a esa aburrida reunión de personas que nos suscribimos a una serie de almuerzos aparentemente sustentables. No sé porqué me inscribí, si odio las comidas verdes. Habría estado pasando por alguna pena. Mientras estacionaba su resplandeciente cuatro por cuatro, Marcela a mi lado con un licor malísimo de no sé qué planta, entre sus manos cada vez más huesudas y cargadas de pulseras de semillas de colores, me actualizaba sobre los viajes, las reuniones con misteriosos sabios, ríos y extraordinarios brebajes de epifanías varias que el grandísimo hijo de puta iluminado divulgaba ahora, en este continente miserable, en forma de libros y conferencias pitucas. No es que me caiga mal. No me cae mal. Tan sólo no le creo su posturita. Ni de santo ni de converso. No me creo, para empezar, que eso de gastar litros y litros de petróleo en su  camioneta, para llegar por cientos de kilómetros desde su parcela perdida en las montañas a este horrible salón lleno de afiches hechos con tintas ultra tóxicas, sirva al propósito de cambiar nuestra consciencia para salvar al mundo del cambio climático. Que la chupe. Con ese guión de corto mejor vayamos preparándonos para bien asarnos. Ardamos con tanta palabrería salvadora. Porque arderemos, y bien refritos con lo gordos y sebosos que estamos de tanto comer chatarra, tragar alcohol y culear sintiéndonos culpables. A Marcela tampoco le creo nada, por más que se llene los brazos con pulseras y no tenga ya más espacio en su culo sagrado para tatuajes místicos, geometrías euclideanas, en el fondo, de penosa complejidad. Marcela es la de las que se desayuna un pito agarra su auto de su casa al trabajo y del trabajo al yoga, en colas interminables de tacos, a chuchada limpia contra el que va adelante, contra el de la moto que se le cruza, contra el limpiador de parabrisas que le deja el cristal insoportablemente mocoso, contra todo lo que condicione sus disciplinados atrasos a sus sesiones de cuerpo y espiritualidad, o sea contra su reflejo en el retrovisor, contra el reflejo de ese caracho que por más mantras recitados jamás dejará de dar cuenta de trasnoches, bailes y falopas. Chuchcadas contra el paco que le pide los documentos sin dejar de mirarle las tetas, contra el niño en brazos que cruza con su mamá, contra el sistema, contra el machismo, contra las minas regias, contra su madre, contra contra Dios mismo, en definitiva. Marcela... buena tipa, después de todo.



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6.1.17

Mares interiores



Morir en la Patagonia
como versaba el sueño

Una ballena que venía
al encuentro por los cielos
desde las montañas

El silencio primigenio
una puerta que se abría
amable
en un idioma antiguo

Nuestro fue el amor

A través de mares interiores.