25.1.17

Paisaje originario



Pasamos nuestras primeras eras rodeados por la sustancia materna, sin consciencia racional. Desde entonces, la piel, como un revés, define nuestros lenguajes para conocernos. Hay que atravesar. Cruzar en primer lugar el espacio y luego nuestras superficies, nuestros rostros que dicen lo que no dicen. Interpretar la sonrisa, que no es una sino cientos, y cada una emerge por alguna emoción íntima, desde el fondo del mar humano. Desentrañar. Extrañarnos. Olvidarnos. Me acerco con curiosidad motivado por ese universo oculto, por esa mirada que mira, hacia ese extremo de un secreto interminable. Ahí adentro ocurre lo mismo que aquí adentro, como biología descrita en manuales, sí. Pero sabemos que cada interior anida su propio sol. Y el interés, que los astrónomos llaman gravedad, es el vínculo del 2 sagrado. Me pregunto y busco en ti la respuesta. Te preguntas sobre mí, y me abro para responderte. Y en ese movimiento, el espacio de los objetos inanimados se transforma, orbita, late, sangra. La taza de un té frío, apoya su curvatura rígida en la tersura de tus labios. Los colores son pausas. Los extremos de los objetos nunca se tocan. Recuerdo de un cuarto menguante y un solo de piano. La forma de unión, labios y taza, dialecto de pulsar las tres teclas blancas y dejar que las ondas se disipen en sabores profundos. Acordes nos detenemos, nos recorremos, nos admiramos en los lenguajes del aire porque hay tiempo para ver, en silencio, la luz matutina pasear por nuestras espaldas desnudas, la ventana proyectada en las piernas deslizándose hacia los sexos, hacia el paisaje originario.   




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