20.4.17

Salón de baile



impar /

Lanzado al precipicio azul miré de frente al pasado
con la esperanza de encontrar a los amigos que jugaban
al otro lado de la ventana envueltos en cortinas grises.
En algún lugar dejé grabadas sus voces,
monólogos inconclusos, así tal las hojas incontables de los sauces,
dispuestos para nuevas conversaciones, manifiestos artísticos y leer
con capricho el mundo desarrollado.

par /

El islam llegó a través del jazz, un oído atento y un amor supremo
alrededor las nubes con sus lágrimas sincopadas  
simularían bronces de ángeles cansados.
Al centro reirían los amantes,
Adán y Eva en una versión rebelde y amorosa, antítesis
de aquella fábula tenebrosa incitada por la desconfianza, la codicia y el egoísmo.

He aquí que nos interesamos por los altares
como las palomas sobre los alféizares de las catedrales vacías,
nos conmueve y nos aterra el vértigo, lo abierto, la anonimidad del pueblo
el mismo pueblo que alimenta con migajas nuestros egos
para someternos al fondo de los transcursos insoportables.

Adán y Eva sangrantes se miran
como si un dios déspota hablara a través de ellos
prohibiéndoles la amistad, el amor eterno y la visión de los sabores libres.
La culpa es un atuendo de broches y cierres atascados, se dicen,
por eso desnudemos la carne, lo que nos queda
y bailemos bajo los moribundos ángeles de bronce, seamos
algo más que esas lágrimas sincopadas,
tal vez nos rodeen dioses hambrientos y seamos nosotros 
el alimento inalcanzable.










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