28.5.17

La llana mediocridad




La llana mediocridad con que traemos a algunos muertos por sobre otros a páginas, mesas con licor y artefactos electrónicos, depende de cuán intocables nos resultan los unos por cuánto conocimiento de ellos hemos adquirido. Nada. Los ingenuos discuten sobre la nada, y se les pasa el tiempo sin sabores. La pintora aquella vació sus traumas en sus cuadros, y probablemente esas estructuras fueron las únicas capaces de soportar la magnitud de sus tristezas; limitaciones caprichosas y personales todas, y no más. Un poeta por su parte, desapercibido entre láminas a color, sólo disponía de una pluma y un papel en blanco, para salvaguardar sus razonamientos y emociones trascendentes. Pero nada. Los ingenuos discuten sobre la nada, y el perfume fresco de la primavera se evapora hasta extinguirse junto a los dibujos del verano. La compositora fue capaz de revivir a través de vibraciones aquellos cantos y melodías que llenaban las penumbrosas salas de adobe, cuando no era necesaria la electricidad, para iluminar la plática y el tacto, pues bastaba una voz, una guitarra y unos ojos negros capaces de conservar los atardeceres, para ver con absoluta claridad lo vital necesario: labios en sol mayor. La llana mediocridad, la llana mediocridad, la llana mediocridad, el mismísimo desierto impuesto, traído e impuesto, descendido por deidades ajenas a nuestra manera de amarnos. Deidades que nos miran con asepsia. Yo no quiero a tus muertos, quiero a los míos, los que bailan y pueden leer la tierra bajo nuestras pisadas. No estamos preparados quizás para reconocernos sin reflejos, sin luz, aún. Quizás la muerte sea esa etapa en que a oscuras tendremos que aprender a reconocer lo importante. Pero mientras haya luz, cierra los ojos, amor mío, nuestros muertos habitan nuestra carne. Siente. Nuestro arte no es el de los errantes, está adentro, toca. Huele y muerde. El conocimiento está en otra puerta. 


6.5.17

Sobre tus mantras




Esta noche no fueron suficientes
las estrellas
para guardar silencio e imaginar diálogos cursis.
Había que hablar,
sacar la voz,
como un minero carbón,

como un minero solitario con su pequeña lámpara de palabras en su frente,
heroica oportunidad en medio de un mar rugiente que sangra sólo espuma.
Hablar de lo importante, de lo interior, si algo allí acaso tiene
su espacio,
sus montañas, ríos, prados
y sus propias estrellas.

Empiezo por los nombres de la cosas, como si fueran
la razón de los verbos concentrados
en tu sonrisa insulsa.
Abro un adjetivo hiriente en tu garganta y miro
con detención hacia tu abismo: nada
y espuma marina.

Termino en las cosas de los nombres,
como si tú fueras un reflejo atiborrado de ellos
y yo detrito puro, condenado a sal y a nombres de sal,
disperso, por los siglos de los siglos,
zozobrante en las geometrías hiperbólicas de las noches austeras 
sobre tus mantras.





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